La habitación estaba sumida en el silencio, pero mi mente no me daba tregua. Estaba acostada en la cama, mirando el techo, escuchando el sonido constante de la respiración de Arzhel a mi lado.
Él dormía profundamente, como si no cargara sobre sus hombros el peso de todo lo que estaba sucediendo. O quizá era precisamente ese peso lo que lo agotaba. Yo, en cambio, no podía apagar mis pensamientos. La culpa me rondaba como una sombra persistente, recordándome una y otra vez que estaba dejándolo fu