El día de la liberación de Rune había llegado, y, como habíamos planeado, estaba allí para recibirlo.
La entrada de la prisión tenía un aire frío, más por la tensión que cargaba sobre mis hombros que por el clima mismo. Estaba de pie, con las manos entrelazadas frente a mí, forzando una sonrisa que debía parecer genuina.
Cada segundo que pasaba se sentía eterno hasta que, finalmente, lo vi aparecer.
Rune salió con esa arrogancia que siempre llevaba consigo; su postura era recta y su caminar seg