Una de las chicas asignadas al cuidado de los niños llevaba a Abigaíl con prisas hacia uno de los baños. Su suéter rosa iba con manchas enormes de sangre y su hija lloraba desconsoladamente. Recorrió todo el lugar con la mirada, pero no pudo ver nada que delatara quién le había hecho daño a su hija, así que corrió detrás de ellas con el corazón latiendo deprisa.
Mientras avanzaba por el comedor, escuchó a una de las mujeres del refugio llamarla, pero no se detuvo.
Ella no le agradaba y su hija