Esa mañana, al discutir con su familia, se dio cuenta de que, si no se arriesgaba ahora que estaban solos y podía encajar de una manera civilizada y sin espectadores una negativa, menos lo haría frente a ellos, sin provocarles más lástima de la que ya sentían por él.
—¿Qué te pasa? Te ves mal —dijo Vania mirándolo con sorpresa—. Llamaré a la enfermera.
—¡No! Ven, dame eso. —Tomó el saco que le entregó y rebuscó en el bolsillo interno del mismo con más torpeza de la que pretendía—. Acércate.