Capítulo 8
Cuando salí de la clínica, Dora corrió detrás de mí.

—Mamá, espera. Quiero ir contigo.

Extendió su mano hacia la mía, y yo miré hacia abajo, sorprendida.

En su muñeca no estaba la pulsera de diamantes que Fiona le había dado, sino la que yo le había hecho a mano, con cuentas rosas y pequeños amuletos de dibujos animados. Sin brillo, sin lujo, solo llena de amor.

Sonreí un poco y le apreté la mano preguntándole: —¿Elegiste usar esta?

Ella asintió.

—Es mi favorita.

Caminamos juntas por el pasillo
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