Cuando salí de la clínica, Dora corrió detrás de mí.
—Mamá, espera. Quiero ir contigo.
Extendió su mano hacia la mía, y yo miré hacia abajo, sorprendida.
En su muñeca no estaba la pulsera de diamantes que Fiona le había dado, sino la que yo le había hecho a mano, con cuentas rosas y pequeños amuletos de dibujos animados. Sin brillo, sin lujo, solo llena de amor.
Sonreí un poco y le apreté la mano preguntándole: —¿Elegiste usar esta?
Ella asintió.
—Es mi favorita.
Caminamos juntas por el pasillo