Los gritos que se oían desde afuera volvían aquella oscuridad escalofriante. Amenazas, insultos, una nueva detonación y luego esas sirenas agudas que no permitían precisar la distancia a la que todo estaba ocurriendo.
Rocío avanzaba con sus manos tanteando los muebles para no caer. Lejos había quedado el estado letárgico del alcohol, mucho más aún aquella explosión vertiginosa y breve del placer. Solo podía pensar en volver a encontrarlo.
¿Y si lo habían descubierto? ¿y si le habían disparado?