MICHAEL
El aire en la prisión tiene un olor punzante, como líquido de limpieza mezclado con viejos errores. Un peso agrio se instala detrás de los ojos cuando entras.
Una silla me separa de Vanessa, un vidrio desgastado marcando la división. El teléfono en mi mano pesa más de lo que el plástico y el metal deberían pesar. Su figura parece más delgada ahora, de alguna forma. No débil —ella nunca lo permitiría—, pero desnuda, sin brillo. Sin los impecables trajes blancos. Sin el peinado perfecto.