—No —dijo él.
—Siempre castigaban los errores. Los entrenadores, los encargados. Se aseguraban de que los recordara.
—Yo no lo haré —dijo—. Nadie te hará daño aquí.
Ella estudió su rostro, buscando algo, alguna señal de que estaba mintiendo. Luego asintió lentamente.
—Había gente —dijo—. A veces venían por la noche. Después de que el personal se acostara. Venían a mi habitación y me daban instrucciones.
—¿Quiénes?
—No sé todos sus nombres —dijo—. No me lo contaban todo. Decían que no necesitaba