Salí casi corriendo de la oficina, sintiendo cómo la adrenalina se mezclaba con la frustración. El tiempo se me había escapado de las manos. La cena que había pedido con tanto esmero para nuestra noche especial ya debía estar esperándome en la recepción del edificio, y yo… yo apenas estaba saliendo.
Mi pulso latía con fuerza mientras me acercaba al elevador y presionaba el botón con más insistencia de la necesaria. La luz parpadeó, pero las puertas no se abrieron. Un segundo. Dos. Tres.
Nada.
M