Emiliano me ayudó a llegar hasta la recepción, con pasos lentos y cuidadosos, como si en cualquier momento pudiera romperme en mil pedazos.
Cuando alcanzamos el último escalón, me detuve para recuperar el aliento. Fue entonces cuando lo vi agacharse sin decir una palabra, tomar mis zapatillas en sus manos y, con una delicadeza inesperada, deslizar una a una en mis pies.
El contacto de sus dedos contra mi piel me hizo estremecer.
El calor subió hasta mis mejillas de inmediato.
No supe qué decir.