Capítulo 18. Ya estamos a mano.
—¡Stella! —volvió a gritar Valentina cuando la joven aterrizó en el piso, rodeó el sillón y se apresuró para ayudarla.
Stella estaba roja por la vergüenza y no solamente por la caída, sino porque todas las imágenes de la noche anterior le llegaron como un rayo.
—Estoy bien —susurró tan bajo, que la niña no pudo escucharla.
—¡Papá, no te quedas allí, ayúdame! —pidió.
La sonrisa de Lorenzo se borró, pero no pudo negarse a la petición de su hija, rodeó el sillón y extendió la mano para ayudar a St