—¡Rápido! ¿Qué esperan? —insiste la mujer alta y esbelta, vestida con ropa de safari mientras abre la puerta trasera de su vehículo para nosotros.
Aunque ambos estamos igual de sorprendidos y confundidos, Kat y yo subimos rápidamente y el hombre que conduce se pone de inmediato en marcha.
—¿Cómo están los dos? Espero que hayan disfrutado su estadía en nuestra isla —dice la mujer de unos treinta y tantos de cabello rojo amarrado en una coleta, de ojos verdes y rostro amable—. Yo soy Rhonda Smi