─Buenos días, ¿Cómo te sientes hoy? ─pregunté centrando mi vista en las cajas a una esquina de la habitación.
─¿Qué te pasa? ¿Dejaste de comportarte cómo un maldito cabrón? ─preguntó él─. ¿O es que te diste cuenta de que el único desleal todo este tiempo has sido tú? ─agregó.
─No lograrás sacarme de mis casillas, Leandro. ─dije seriamente─. Tampoco lograrás que mis hombres te maten, así que deja de buscarte golpes innecesarios, al menos hasta que llegue tu hora. ─agregué─. Sabes, ayer fui a la