CAPÍTULO 103
Catarina iba sentada en el asiento del copiloto, hundida en el suave cuero, sintiendo que flotaba. No podía apartar la mirada de su mano izquierda. La luz intermitente de las farolas de la calle entraba por el cristal y se reflejaba en el diamante de corte esmeralda que ahora descansaba en su dedo anular. El anillo era una obra de arte, elegante, limpio, con una estructura impecable que gritaba el nombre de Sebastián de la Torre en cada uno de sus destellos. Pero más allá de su va