Luz Marina
Llegué a la imponente mansión de Maxon, con las mellizas aferradas a mis manos temblorosas. El corazón me latía con fuerza, incapaz de creer que me encontraba en esta situación. Maxon, el hombre que alguna vez conocí bien, ahora parecía una sombra de lo que fue.
—Princesas, corran a ver sus habitaciones. Es la primera puerta a la derecha —les dijo Maxon con una voz que intentaba sonar calmada.
—Podemos, mami —respondieron las niñas, aún sin comprender del todo lo que estaba