Fleure
El cristal de las lámparas vibra sobre nuestras cabezas, salpicando la sala con destellos dorados y plateados. Las conversaciones susurran como un mar agitado, cada palabra escondiendo cálculos, ambiciones, juicios. Siento el peso de esas miradas sobre mí, aún más pesado que el vestido que me aprieta el pecho.
Aaron no suelta mi mano. Su agarre es firme, casi doloroso, como si quisiera recordarme en cada segundo que le pertenezco. Un abrazo invisible, pulido por una sonrisa encantadora.