Arien llegó al corporativo Santori con el corazón latiendo desbocadamente en su pecho, tan pronto como entró al vestíbulo principal, notó que algo andaba mal.
Los empleados, normalmente ocupados en sus tareas, se detenían para mirarlo, sus ojos estaban llenos de una mezcla de curiosidad morbosa y apenas contenida diversión.
— Buenos días, señor Santori —saludó la recepcionista, sus ojos se desviaron rápidamente hacia la marca roja en su mejilla, evidencia del golpe de su padre.
Arien gruñó una