Angélica
Llegamos a casa sobre las siete de la noche, miré a mi padre por enésima vez; había cargado a Haim desde que ingresamos al avión desde Nueva York. Solo me lo pasó para alimentarlo o cambiarlo. Del resto, mi hijo había pasado en los brazos protectores de su abuelo. Ni mi madre había podido quitárselo.
No le hemos dicho nada al respecto. Para nosotras eso era un avance de aquí a la luna. En la mañana, mi mamá lo bañó con él a un lado, fue su ayudante. No comprendemos su cambio o tal vez