Sus labios temblaban de rabia y, por si fuera poco, papá aún intentó dos veces más soltar el brazo y ejecutar su voluntad de golpearme.
Adriel notó que papá había perdido el equilibrio de su paciencia, así que le apretó la muñeca con más fuerza, tanta que los nudillos se le pusieron blancos.
Era la primera vez que mi padre me agredía, el dolor me quemaba en la piel, pero por dentro, el daño era mucho mayor. Mi corazón estaba desgarrado y era incapaz de suavizar la angustia que sentía por ser su