Afuera del hospital, las puertas de la ambulancia se abrieron de par en par. Dos paramédicos bajaron de un salto, con la cara concentrada mientras bajaban la camilla a toda prisa. Las ruedas tocaron el suelo y rodaron rápido hacia la entrada.
Diana corría tras ellos, llorando sin consuelo. Sus otras dos hijas la seguían: Isla y Betty. Sus caras estaban pálidas por el miedo. Las puertas automáticas de la unidad de emergencias se abrieron con un siseo y el grupo entró apresurado.
—¿Qué pasó? —preg