La mañana amaneció tranquila en la finca Townsend. A diferencia de la casa Wyndham, donde la calidez solía suavizar el poder, el hogar Townsend tenía otro ambiente. Era elegante, de estructura cuidada. Dentro de sus muros, todo seguía un orden impuesto.
Clarissa Townsend estaba sentada en el centro del gran comedor. Ya ocupaba su lugar en la larga mesa, con la espalda recta y el porte tranquilo. Sostenía una tableta en la mano mientras revisaba los informes de la mañana. Los titulares reflejaban