Gabriel hizo una mueca de dolor, con la cara arrugada.
—Ay, Isla, eso duele —dijo en voz baja, casi en un susurro, mientras observaba sus manos delicadas trabajar sobre los nudillos magullados.
Los dedos de Isla temblaban un poco mientras limpiaba las heridas con un paño húmedo. Se mordió el labio, muy concentrada.
—No te muevas —murmuró con voz preocupada.
Luego desinfectó los cortes, y el olor penetrante del alcohol llenó la habitación. Gabriel volvió a sisear, pero no apartó la mano. Despué