—Por favor, mamá, papá —intervino Isla con voz suave—. No fue a propósito, de verdad lo sentimos. Ya habrá otra oportunidad.
Sabía que no podía dejar que Gabriel diera todas las explicaciones. Tenía que intervenir.
Gabriel se reclinó un poco en su asiento, aliviado de que Isla hubiera hablado. Por un instante, pudo volver a respirar.
El ambiente cambió y el ánimo de la familia mejoró. Por un lado, celebraban el embarazo de Maya. Por el otro, el nuevo puesto de Isla se había convertido en un motivo de orgullo para todos.
Dirigir una importante empresa de ropa no era cualquier cosa. Era una responsabilidad enorme. Alfred, el abuelo de Gabriel, sabía exactamente lo que hacía. Isla necesitaba algo que la mantuviera ocupada y, quizá, algo que pudiera hacer que Gabriel volviera a su matrimonio.
Gabriel valoraba mucho esa empresa. Había sido su idea desde el principio y, durante años, Delphine había sido su imagen pública. Pero Alfred era un estratega maestro. Aunque rara vez interfería en có