Isla se quedó helada al escuchar que Delphine la llamaba amiguis. La palabra le sonó a veneno entrando por sus oídos.
Sintió coraje y se moría de ganas de responderle como se merecía. Quería ponerla en su lugar, demostrarle que no era ninguna débil. Pero se contuvo. Sabía que una sola palabra descuidada en público podría dañar la reputación de Gabriel.
Si armaba un escándalo, no le haría bien a nadie. Entendía el jueguito de Delphine. Pero no iba a darle el gusto.
Así que Isla enderezó la espalda, levantó el mentón y, sin dedicarles una sola mirada ni a Gabriel ni a Delphine, se alejó. Una anfitriona le dio la bienvenida y la acompañó al salón privado que había reservado. Isla la siguió con calma, escondiendo la presión que sentía.
Delphine, mientras tanto, estaba furiosa. Lo había hecho a propósito, solo para picar a Isla, para provocar una pelea. Quería que perdiera el control, que hiciera una escena para que Gabriel la odiara todavía más. Pero Isla no había mordido el anzuelo. Había