Achino los ojos, en lo que acaricio su nuca.
—¿Lo aceptas ,entonces…- susurro esperanzado.- …lo declaras ante los dioses?
Arruga el entrecejo y me mira dudosa.
—¿Que debo aceptar, Señor?
Mi lobo gruñe, frustrado.
—¿Aceptas que soy tu dueño? ¿Declaras ante los dioses que soy tu amo y Señor?¿ Me reconoces como tu amado?
Se le llenan los ojitos de lágrimas y no lo comprendo. ¿Por qué llora? Debería estar feliz, al fin y al cabo las cosas entre nosotros vuelven a estar en orden.
—Sí.- susurra compu