Ante la mirada incrédula de Cítiê, la líder nómada se deshizo de su velo, revelando a Lady Umara.
En instantes, el ambiente del gran salón se tensó. El Emperador contemplaba a su esposa extraviada con un brillo asesino en sus dorados ojos y ella le devolvía una mirada cargada de malos augurios.
Antes de que fuera derramada sangre sobre el suelo del salón del trono, la mujercita decidió tomar cartas en el asunto, descendiendo la escalinata, con paso ligero pero regio.
—¡Que sean alabados los dio