—Ana.
Cuando escuché que decía eso, finalmente abrí la puerta.
Esa noche llevaba un vestido amarillo, bastante sencillo y recatado.
Sin embargo, su belleza era tal que cualquier cosa que se pusiera le quedaba espectacular.
Me aparté un poco y le dije: —Pasa, por favor.
Ella entró caminando con sus tacones que retumbaban en el suelo.
De repente, la abracé por la espalda, listo para empezar a hacer el amor con ella.
—¡Espera!
—¿Qué pasa?
—Ya hemos tenido sexo muchas veces, pero todavía no sé cómo