La mano con la que sostenía el cuchillo empezó a temblar de manera incontrolable, pese a todos mis esfuerzos por mantenerla firme.
Sin embargo, apreté con fuerza los dientes y me obligué a resistir:
—Si es así, entonces dejaré de tratar a la señorita Viviana. No volveré a atenderla. ¿Pero por qué tienes que matarme?
—Simplemente porque me caes mal —respondió, con una indiferencia que me heló la sangre.
Me quedé pasmado ante semejante motivo tan estúpido.
¿Solo porque le resultaba desagradable, y