Lucian me miraba con unos ojos cargados de ferocidad y codicia, como si quisiera devorarme vivo:
—¡Basura! —escupió con desprecio:— ¿Apenas un golpe y ya no puedes resistir? Con esa mediocridad que tienes, ¡jamás serías digno de recibir siquiera una mirada de la señorita Viviana!
Sabía que este tipo estaba completamente desequilibrado.
Si mostraba debilidad o intentaba suplicarle, solo conseguiría que su sadismo aumentara un poco más.
De repente entendí algo muy claro: en situaciones como esta,