Y, además, sentía un orgullo inmenso.
Había logrado dominar a Manuel, y no solo eso: había conseguido intimidar a todos esos pequeños matones. Me sentía muy poderoso, como si nada pudiera detenerme.
Aun así, no bajé la guardia ni por un solo segundo. Continuaba presionando una y otra vez con fuerza el cuello de Manuel, sin ceder ni un instante.
—Sabía que no te ibas a rendir tan fácil —le recriminé con frialdad dijo: — pero no imaginé que te moverías con tanta rapidez.
—Estás obsesionado con el