La verdad es que no entendía nada de lo que pensaba María. Sentía que cambiaba de actitud todo el tiempo; a veces quería matarme, y otras, estaba dispuesta con la mejor disposición a hacer el amor conmigo.
Cuando se quedaba en silencio, parecía una diosa, pero cuando se volvía loca, se convertía en una mujer impredecible.
Ya no podía soportarla por más tiempo.
María me miraba con una sonrisa misteriosa en el rostro.
En ese preciso momento, en mi mente surgió una palabra: —mujer despiadada.
Aunqu