Al ver que la persona que acababa de entrar era una mujer, los dos hombres intercambiaron una mirada significativa llena de malicia y lujuria. Sus ojos brillaban con una luz depredadora, como si acabaran de encontrar la presa perfecta.
Intercambiaron unas cuantas palabras en voz baja y, tras un rápido acuerdo, decidieron abalanzarse como fieras sobre ella sin más preámbulos.
Luna no sospechaba nada. Con la naturalidad de quien llega a casa después de un largo día, colgó tranquila su bolso, se pu