Viviana me golpeaba, pero poquito, , y yo simplemente aguantaba. Pero si sus golpes se volvían más fuertes, me vería obligado a esquivarlos.
Poco a poco, no sé cómo ni por qué, la situación terminó pareciéndome más un juego de coqueto entre los dos.
Ella ya no estaba tan molesta, y yo tampoco me sentía tan nervioso como al principio.
Decidí hablarle con calma para tranquilizarla:
—Viviana, de verdad, creo que deberías dejar de comportarte de esa manera. Al final, no hay hombre que tolere que su