—Claro que sí —respondí con entusiasmo.
Esa experiencia tan encantadora era algo que solo podía sentir con Paula, y la idea me llenaba de expectativa.
Paula abrió los brazos con un gesto coqueto y dijo, en un tono de súplica:
—Llévame en brazos, perrito.
No había forma alguna de que me negara. La levanté con gran facilidad, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío.
El balcón de Paula tenía enormes ventanas de vidrio que iban directo del piso al techo. Cuando ella se inclinó contra una de el