Viviana me miró con un puchero, poniendo cara de niña caprichosa mientras decía:
—¡Vamos, baila ya! Quiero verte bailar.
Mientras hablaba, sus ojos brillaban de una manera tan descarada que parecía estar devorándome en ese instante con la mirada. Por la expresión de su rostro, era como si estuviera a punto de lanzarse sobre mí en cualquier momento.
En ese instante, me sentí indefenso, como una pequeña niña asustada enfrentándose con fuerza a un lobo hambriento. Y ese lobo era precisamente Vivian