Escondí mis ojos detrás de las gafas de sol y le lancé una mirada fulminante al conductor, maldiciéndolo en mi mente por ser un idiota.
Estaba pensando en devolverle el gato, porque yo no soy un masajista de mascotas, sino de personas.
Pero en ese preciso momento, el dueño Aquilino se acercó y, sonriendo, me dijo: —Óscar, esta es la señora Elara, la esposa del dueño de El Castillo de la Costa.
—Esta gata de Elara fue comprada especialmente en el extranjero, y costó una gran suma de dinero.
—Como