Mi cuñada teme especialmente no poder controlar su deseo sexual.
Entonces, con rapidez, me empujó y, intencionadamente, comenzó a contradecirme: —Óscar, qué travieso eres, ¿cómo te atreves a decirme eso? En verdad cada vez te pasas del límite.
En ese momento, había recuperado algo de compostura.
La verdad era que me sentía muy confundido y nervioso, pero no podía retroceder.
Solo me quedaba continuar con lo que tenía que decir: —No hay más, tú me obligaste.
—¿Y cómo te obligué yo? — me respondi