Terminé la cena con un nudo en el estómago, incapaz de disfrutar del ambiente o de la comida debido a mi mucha inquietud.
Al regresar, Paula insistió en que Luna y yo viajáramos en el mismo auto. No tuve más remedio que aceptar, aunque no entendía sus oscuras intenciones.
Luna se sentó al volante, mientras Paula y yo ocupábamos los asientos traseros. Paula, con esa sonrisa maliciosa que la caracterizaba siempre, me miró fijamente y susurró: —¿Por qué estás tan nervioso? No voy a comerte, tranqui