El frío no era un clima, era un verdugo. El bosque se había convertido en un matadero silencioso donde el único color era el rojo que se filtraba en la nieve.
El Estertor de William
William no murió al instante. El disparo de su hermano Enrique no buscó el corazón, sino el vientre, una herida diseñada para una agonía lenta y humillante. William cayó de rodillas, presionando sus manos contra el agujero de su abdomen, mientras la sangre caliente burbujeaba entre sus dedos y se congelaba al contacto con el suelo. Sus ojos, nublados por el shock, buscaban a Carolina, pero su boca solo emitía un quejido húmedo, el sonido de los pulmones llenándose de fluido. Estaba ahí, vivo, pero convertido en un espectador impotente de su propia tragedia.
El Sacrificio de Cristian
Cristian, al ver a William caer, se transformó. No había armas, solo sus manos pequeñas y el odio acumulado de años de abuso. Se lanzó contra Enrique con la fuerza de un animal rabioso, pero la diferencia de peso y poder era ab