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El frío no era un clima, era un verdugo. El bosque se había convertido en un matadero silencioso donde el único color era el rojo que se filtraba en la nieve.

El Estertor de William

William no murió al instante. El disparo de su hermano Enrique no buscó el corazón, sino el vientre, una herida diseñada para una agonía lenta y humillante. William cayó de rodillas, presionando sus manos contra el agujero de su abdomen, mientras la sangre caliente burbujeaba entre sus dedos y se congelaba al contac
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