—No, yo... —en un instante, el rostro de Carlos se volvió gris, como si hubiera recibido un golpe devastador. Sus labios temblaban sin poder pronunciar ni una palabra.
Recordé cuando Mariana me sacó del incendio. Mi garganta y pulmones ardían como si los rasguñaran con cuchillos, y el dolor en mi vientre y la sangre me torturaban como si todos mis huesos estuvieran rotos. ¿Cuán desamparada me sentí entonces? ¿Cuánto deseé tener a mi amado esposo a mi lado consolándome? Incluso cuando perdía la c