Los dos se quedaron allí en un punto muerto, observando cada uno de nuestros movimientos como si temieran que Mariana y yo fuéramos a escapar. Pero realmente ya no queríamos ver más a estos dos hombres sin vergüenza. ¡Era un puro desperdicio de aire y vida!
—Hagamos esto —después de pensarlo un momento, dije—: Ahora mismo, cada uno irá a comprar un ramo de flores, tienen que ir corriendo, no pueden conducir ni tomar un taxi. Al primero que regrese, consideraremos perdonarlo primero —mientras hab