El remedio amargo bajó rápidamente por su garganta.
—Ay que feo… —empezó a toser involuntariamente, con los ojos cerrados y ojerosos, lo que la hacía verse aún más indefensa.
Jorge, sin perder la calma, tomó otro sorbo de la medicina y, de la misma manera, volvió a abrir suavemente sus labios, pasándole el líquido con paciencia.
Amanda, en su estado confuso, no pudo evitar murmurar:
—Qué amargo…Te vas a enfermar
Jorge siguió alimentándola con cuidado, hasta que no quedó rastro del sabor en su bo