Mateo despierta con la cabeza pesada y palpitante y la mente nublada. Parpadea mirando al techo, intentando alinear los fragmentos de la noche: un bar, la música, la repentina oscuridad entre las cosas. Su camisa está arrugada; la cama a su lado parece desordenada. Por un segundo, su cerebro es una pizarra en blanco y ese vacío se siente como un moretón.
La puerta del dormitorio se abre y aparece Valeria con una bandeja. Es serena, practicada: voz suave, ojos brillantes, una sonrisa que parece