Era un nuevo día en New York, un nuevo día para vivir, y un nuevo día para saber la verdad. Las manos le sudaban, y en su frente había pequeñas gotitas de sudor que se escurrían por su rostro debido al nerviosismo. El estómago le dolía, aunque era difícil saber si era por hambre, o por ansiedad, pues debido a ella no había logrado probar bocado alguno antes de salir de su casa hacia ese laboratorio.
Le habían llamado esa mañana muy temprano, para avisarle que sus resultados estaban listos. Enzo