Ayo no se movió.
No porque no pudiera.
Sino porque el movimiento ya no parecía tener sentido dentro de la estructura en la que estaba.
El “nuevo Ayo” seguía sentado frente al escritorio.
Mirando el expediente.
Sin levantar la cabeza.
Como si su conciencia aún no hubiera terminado de ensamblarse.
El edificio, por su parte, estaba… tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Esa calma no era paz.
Era preparación.
El expediente se cerró solo.
Pero no como antes.
Esta vez no hubo suavidad.
Hubo precisión.
Como