58. Te prohibo morir
Bella
Grité y luego caí sobre mis rodillas.
—¡Gia! —Chillé tan alto que creí que se me desgarraría la garganta.
Quise correr hasta ella, fue mi intención, pero Sandro lo impidió rodeándome por la cintura y estampándome de vuelta contra la pared.
No importó que forcejeara, ni siquiera que sollozara de un modo que abordaba el peor de los dolores. Una artimaña como aquella no tenía compasión por nada ni por nadie.
Se alimentaba del sufrimiento ajeno. Por eso disfrutó que la intención de aquel disp