Abrí la puerta de la oficina de Salomé, ya quería irme y dejar de trabajar para ella, así la evitaba lo más posible.
Entré con cautela, tratando de no llamar su atención. Pero ella alzó el mentón de inmediato y se levantó de su escritorio para caminar hacia mí.
Sus ojos azules me asesinaban, y sus dientes estaban chocando.
—Eres la culpable de todo lo que me pasa —gruñó, señalándome con el dedo.
—¿Crees que está bien lanzar a tu hermana a los brazos de un abusador? —cuestioné, con la voz temblo