Dante
Permanezco inmóvil, los músculos tensos, incapaz de creer lo que veo.
— ¿Elias?
Mi hermano sonríe, una mueca burlona que reconocería entre mil.
— Te ves sorprendido.
La luna ilumina su rostro. Es exactamente como en mis recuerdos. La misma mirada penetrante. La misma arrogancia inscrita en cada rasgo de su cara.
Pero no debería estar aquí.
Está muerto.
Lo vi.
Lo enterré.
Entrecierro los ojos, desconfiado.
— ¿Cómo?
Elias cruza los brazos, tomándose su tiempo, saboreando mi confusión.
— Deb