A la mañana siguiente, apenas salí de la residencia para ir a comprar el desayuno, vi a Daniel en la entrada del dormitorio de chicas.
—¡Camila! —dijo con una sonrisa incómoda, aunque en sus ojos brillaba una chispa de esperanza.
Hice como si no lo conociera y lo pasé de largo.
—Hablemos un momento —Se apresuró a alcanzarme.
—No hay nada de qué hablar.
Recordaba que, al divorciarnos, le había dicho que lo mejor era no volver a vernos, y que, si nos encontrábamos, deberíamos actuar como si no nos