Karla, con su barrigón, había rizado su cabello y se había maquillado con esmero.
Ahora, al caminar, necesitaba apoyarse en su vientre con una mano y en su cintura con la otra. Había aumentado de peso y su paso era lento; a pesar del maquillaje, la fatiga en sus ojos era innegable.
Al ver su abdomen tan prominente, parecía sentir lo difícil que debía ser para ella. Lamentablemente, no había aprendido nada y seguía culpándome de todo.
—Camila, ¿es que no tienes hombres que te quieran? ¿Por qué in